viernes, 28 de agosto de 2015
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"José Donoso, escritor chileno, es un escritor alucinante que lo mismo escribe literatura con mucho realismo que obras fantásticas con la virtud de un thriller, porque una vez que se empieza a leer, no se puede dejar. Una excelente recomendación de Frank Loveland de Profética."
La puerta cerrada
Adela de Rengifo se quejaba frecuentemente de que a ella le habían tocado las peores calamidades de la vida: enviudar a los veinticinco años, ser pobre y verse obligada a trabajar para mantenerse con un poco de dignidad, y tener un hijito enfermizo, es decir, no enfermizo precisamente, sino que más bien enclenque, de esos niños que duermen el doble que los niños normales.
En realidad, desde que nació, Sebastián dormía muchísimo. Cerraba los ojos apenas su cabeza caía sobre la almohada bordada con tanto esmero por su madre, y ya, dentro de un segundo, estaba durmiendo como un ángel del cielo.
¡Es tan bueno y tan tranquilo el pobrecito! —decía Adela a sus compañeras de oficina—. Ni siquiera llora ni despierta de noche, como casi todos los niños.
Adela y Sebastián vivían en dos cuartos que no eran malos a pesar de que las ventanas se abrían sobre un patio interior muy estrecho, en el segundo piso de una pensión un poco húmeda y bastante oscura. Cuando Adela partía a la oficina, en la mañana, la señora Mechita, dueña de la pensión, quedaba encargada de cuidar a Sebastián. Pero como el niño era tan tranquilo casi no había necesidad de preocuparse de él, porque jamás molestaba con el bullicio y el recotín con que generalmente hacen la vida imposible los niños de cinco años. En cuanto la señora Mechita iniciaba los quehaceres domésticos matutinos, Sebastián se deslizaba hasta su propia habitación para tenderse en la cama y dormir a pierna suelta. La señora Mechita entraba a verlo, porque le daba “un no sé qué” que un niño de su edad prefiriera dormir a entretenerse con cosas más… bueno, más normales. Hasta que una tarde, decidiendo llamar la atención de Adela sobre esta peculiaridad de su hijo, la abordó como haciéndose la desentendida, y sin levantar la vista de la labor de crochet en que siempre tenía atareados sus dedos pecosos, le dijo:
¡Qué bueno para dormir está el niño, Adelita por Dios! ¿No andará enfermo?
Adela, como si entreviera una censura, respondió muy tiesa:
—¿Y qué tiene de particular que duerma si se le antoja?
—Bueno, era por decirle no más… —replicó la señora Mechita, y al alejarse endureció su quijada de mastín, reflexionando que las viudas jóvenes son demasiado nerviosas y que en el futuro se guardaría de acoger a otra en su casa. (...)
lunes, 24 de agosto de 2015
China
Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.
Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras. (...)
Cuento completo: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/donoso/china.htm
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José Donoso cuenta en entrevista la anécdota existencial que involucró para él la creación de su grandiosa obra, el obsceno pájaro de la noche.
Biografía: José Donoso
(Santiago de Chile, 1924 - Santiago de Chile, 1996)
José Donoso fue un famoso escritor, profesor y periodista chileno perteneciente al llamado ”boom latinoamericano” de los años ‘60 y ‘70. Se le considera miembro de la llamada “Generación de los 50″ chilena, caracterizada por una común intención de denunciar, a través de la ficción novelesca, la decadencia de las clases aristocráticas y la alta burguesía.
Influenciado por la literatura anglosajona contemporánea, sus primera publicaciones fueron relatos, hasta que en 1957 apareció su primera novela, coronación. En 1966 publicó El lugar sin límites, y en 1970 se consolidó como escritor experimental e innovador con El obsceno pájaro de la noche, su novela más aplaudida por la crítica.
Estudió en la Universidad de Chile y posteriormente se ganó una beca para estudiar en la Universidad de Princeton -Inglaterra-, experiencia tras la cual publicó sus dos primeros cuentos en lengua inglesa: The blue woman y The poisoned pastries (entre 1950 y 1951). Procedente de una familia acomodada, durante su juventud trabajó no obstante como obrero y oficinista, mucho antes de desarrollar su actividad literaria y docente.
Entre 1967 y 1981 vivió en España, coincidiendo con el momento en que su obra entró a formar parte del llamado boom latinoamericano. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en Chile (1990), el Premio de la Crítica en España, y también otros reconocimientos en Italia y Francia, países que figuran en la larga lista de los diecisiete idiomas a los que ha sido traducida su obra. En 1981, regresó a Chile y dirigió allí un importante taller literario en torno al que surgió la llamada “nueva narrativa chilena” de finales del siglo.
Su vida estuvo marcada por un cierto espíritu aventurero que le llevó, después de su estancia en tierras norteamericanas, a las más australes de la Patagonia, donde se puso a trabajar de peón en una hacienda, o hasta Buenos Aires, donde cargaba y descargaba en el puerto. Entretanto, colaboraba en publicaciones literarias, en semanarios como Ercilla y en distintos periódicos.
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